Barcelona, fantasma juvenil, de Carmen Laforet

Recuerdo que, a mis veintitrés años, cuando me decían que Nada, mi primera novela, era un libro autobiográfico, me sentía ofendida en mi egolatría de creadora. Estaba bien segura de que, buena o mala, aquella novela era una fabulación de personajes y de ambientes de los que había expurgado mi particular intimidad. Hoy -al cabo de siglos-, cuando la larga vida de ese libro ha provocado innumerables cuestionarios de estudiantes de países diversos (y mi angustia de no contestar a la mayoría de ellos), he llegado a pensar respuestas fijas para preguntas repetidas en distintas generaciones universitarias.Algo que se repite en muchas cartas, o en mi contacto directo con lectores cuando doy conferencias por países extranjeros, es un interés por Barcelona, ciudad en la que, en tiempos de la posguerra civil española, se desarrolla la novela. Los estudiosos de Nada quieren que en su primer viaje a España, su primera visita sea a Barcelona… Porque es la ciudad que describo en mi juventud, porque mis descripciones les atraen… A esto yo no he podido replicar. Y, ya vencida por mis propios recuerdos y por ese aprecio de ellos a través de mi libro, he llegado a confesar que la única autobiografía que hay en Nada es mi descripción de Barcelona. Y, además, he creído que eso era cierto.

Sinceramente, he creído en esas descripciones (sin tomarme la molestia de comprobarlo en mi novela), porque, aunque nací en Barcelona, viví mi niñez y adolescencia en lugares lejanos y, al regresar a ella, recién terminada la guerra civil, Barcelona tuvo para mí la magia de la primera gran ciudad que pisaban mis zapatos vagabundos. No desbarataba en absoluto la impresión mágica el que Barcelona presentase entonces las cicatrices de la guerra reciente y que el hambre fuese una realidad como la del aire suave, mediterráneo, de sus calles. Ha sido y sigue siendo para mí una ciudad bienamada de asombros y amistades, luces y descubrimientos. He vuelto -vuelvo con frecuencia- a Barcelona y la he visto engrandecerse, borrar cicatrices, destacar sus monumentos, sin que esa magia de los primeros descubrimientos se desdibujase en mi recuerdo. Porque mis recuerdos fueron escritos (“Lo escrito, escrito está”). Escritos, desde luego, en los cuadernos que siempre, en aquella época, llavaba en mi carterón de estudiante, eternamente colgado al hombro. Recuerdos de mis encuentros solitarios con mi ciudad. Aunque yo no era persona retraída y tenía diversos grupos de amistades juveniles y esporádicamente participaba en la comunidad de alguna fiesta tradicional (he bailado una sardana en unión de público desconocido, en la fiesta de barriada de una noche de San Juan), mis encuentros particularísimos con Barcelona no fueron con sus vivencias y tradiciones folklóricas o mercantiles, industriales, excursionistas o musicales… Los encuentros que yo anotaba eran mis descubrimientos en mis andanzas solitarias. Egolatríajuvenil. Necesidad de sentirme duende invisible entre la vida y las piedras, deambulando por las Ramblas, llenas de luz, de gente, de flores y libros y pájaros,y entrar por el Arco del Teatro al barrío Chino (donde, por cierto, jamás encontré un solo chino, ni oriental alguno).

Acompañada, entré en el barrio Chino una sola noche de diablura. Fui con una amiga de mí edad y su hermano quinceañero (respetuoso caballero y guardián de damas en peligro)… Con aire natural, de conocedores del mundo, entramos en un local donde un espectáculo -creo que de travestidos- era la máxima atracción. Nuestro acompañante (no podían entrar mujeres solas) era bastante alto y elegante, con su corbata de seda natural, para que, a nuestro juicio, aparentase lo menos diez años más de los que tenía… Y nosotras nos admirábamos mutuamente como esencia de lafrivolidad distinguida, que nos parecía necesaria (llevábamos zapatos con tacones muy altos y varias prendas de ropa pertenecientes a la madre de mi amiga). Así que entramos altivas y sosegadas, nos sentamos a una mesa y pedimos un refresco. En estos tiempos no habría ocurrido nada. Pero entonces, con gran consternación, y rojos de humillación y rabia, nos vimos expulsados ignominiosamente por un gorila del local (al caballero lo agarraron por una oreja). “Hale, hale… Prohibido menores…”.

Aparte de esa noche infausta, yo me paseaba sola por el barrio Chino durante el día; pera ver la vida. Y la veía de verdad, en mercado negro.Comestibles, carbón, cigarrillos… Todo se podía comprar en aquel barrio a precios altos, sin cartilla de racionamiento. Soliaria, buscaba mi Barcelona. y, como he dicho, su vida a mi manera, pero más íntimo aún era mi encuentro con sus piedras viejas, su gran latido de siglos en el barrio Gótico… La Barcelona modernista no tenía cabida en mis itinerarios. La eflorescencia misteriosa de las piedras de Gaudí (que hoy me parecen consustanciales al amplio espíritu de Barcelona) no sólo no llamaba mi atención, sino que quizá, por rebeldía contra mi abuelo (pintor) y mi padre (arquitecto), que lo admiraban, borraba esa arquitectura de un plumazo. Me parecía horrorosa, de mal gusto anticuado. No la veía…

Por los alrededores de la catedral gótica, junto a las casas de los canónigos, ya escribía mis cuadernos con la sombra de las torres volando casi sobre mi cabeza. Santa María del Mar, con su primitivo gótico catalán, me fascinaba. Los alrededores del puerto. Las Atarazanas (entonces cerradas), la calle de Montcada, con sus viejos palacios semirruinosos. También me sentía orgullosa de pertenecer a una tertulia de chicos que hacían su servicio militar en recuperación artística. En sus horas fuera de servicio podíamos reunirnos nada menos que en el palacio de la Virreina, barroco puro, en la rambla de las flores. Los jóvenes soldados y su jefe inmediato, el crítico de arte Monreal, me hablaron de Barcelona, sus misterios del pasado y los proyectos de sacar a la luz antiguos sillares romanos, cimientos del gótico. También me llevaron a lugares prohibidos al profano, como el monasterio de Pedralbes (en obras de restauración entonces), para admirar los frescos de Ferrer Bassa.

Cuando escribí Nada, en Madrid, pocos años más tarde, no, hay duda de que palpitaban en mi interior los recuerdos escritos, los nombres de las calles, la plaza del Pino, el misterio de la capilla de los Templarios, la plaza del Rey…

Como nunca leo mis novelas -si puedo evitarlo- después de escritas y publicadas (guardo mi voracidad de lectora para lo que escriben los demás) no es raro que -como he explicado- al cabo de los años llegase a creer, este último verano, que podía dar una conferencia sobre Barcelona basándome en los textos descriptivos de la ciudad (los de mis viejos cuadernos de estudiante) contenidos en mi novela Nada. Así que abrí un ejemplar del libro para señalar esas descripciones… que no existen en Nada. Barcelona allí es un telón de fondo en el que tintinean tranvías y pasan las luces y colores de las estaciones del año. Nada más. No hay autobiografía. Nunca aproveché mis cuadernos juveniles. Escribo corto, ceñidas las palabras al hilo del relato… Y, sin embargo, de alguna manera misteriosa, Barcelona (la de mis encuentros íntimos) está en Nada. No sólo lo sé porque yo lo vea (yo veo mis propios recuerdos sugeridos), sino porque tantos otros han visto también esos recuerdos míos y me han comunicado su impresión de ellos.

Naturalmente, no di la conferencia sobre Barcelona como autobiografía.

Barcelona, en mi obra, es un fantasma que aparece por sugestión singular a los ojos de algunos lectores y, desde luego, a los míos. Pero que cuando quiero apresarla en textos -en un alarde de erudición muy impropio de mí- se esfuma y me deja sin referencias para dar una charla sobre ella.