El jardín de los Finzi-Millares, per Luis Alemany

No hay apellido que identifique a la familia protagonista de ‘El faro y la noche’ (Barataria), pero cualquiera que caiga en el nombre de su autora, Selena Millares, puede ligarlo con el pintor Manolo Millares (Las Palmas de Gran Canaria, 1926-Madrid, 1972), su tío. Los que estén avisados recordarán que el artista también era hermano de dos poetas sobresalientes, Agustín y José María (Premio Nacional de Poesía en 2009, el año de su muerte) y de una camada de músicos, caricaturistas y artistas cuya fama se quedó en Canarias: Jane, Totoyo, Eduardo… Hasta nueve hermanos. También habrá quien recuerde que la saga tuvo un padre poeta, Juan Millares Carló. Él es el protagonista de ‘El faro y la noche’, la crónica familiar que ha escrito su nieta, Selena, 50 años después de su muerte.

“Juan Millares fue un poeta machadiano, y en ese sentido, un hombre bueno. Un intelectual republicano, de vocación humanista, y de un sentido ético inquebrantable”, explica Selena, profesora en la Autónoma de Madrid y autora de varios libros de poesía. “Fue una de tantas víctimas de la barbarie fascista. Sufrió el exilio interior y la condena al silencio de los docentes depurados, que fueron más de 60.000. La privación de empleo y sueldo hundió a todas esas familias en la miseria y también en la humillación y la exclusión social más extrema”.

Y continúa: “Ahora que tantas familias piden que se busque en las fosas comunes, yo me propuse escarbar en otra fosa, no menos dolorosa, que es la del silencio. Juan, como tantos depurados, estuvo enterrado en vida: fueron un ejército de sombras entre muros invisibles. En todo caso, su figura como poeta y dibujante es el referente en que se mira la obra de sus hijos; las caricaturas de curas que hizo Manolo, algunas de las cuales cuelgan en el Reina Sofía, son un ejemplo”.

No todo es dramático en ‘El faro y la noche’. La novela, durante un ratito, parece ‘El amor en los tiempos del cólera’, como si Las Palmas fuese Cartagena de Indias. Una ciudad de arquitectura colonial que olía a jazmines: lejana, graciosa, un poco ponzoñosa. Y ahí, Juan, un chico sensible y soñador, se enamora de la muchacha más guapa y más rica del barrio. Y al principio no, pero luego quizá y después sí, y se casan y tienen hijos y hay perdices. Viene la República y resulta que ‘nosequé’ primo está en la Residencia de Estudiantes y es amigo de Buñuel, y que tal otro amigo acoge a Breton cuando pasa por Canarias y que…

Los Millares vivían felices en su mundo de pianos, poemas y revistas de vanguardia, igual que los Finzi-Contini jugaban al tenis en su jardín. El suelo de España se movía bajo sus pies pero ellos no le habían hecho daño a nadie así que por qué iban a darse por enterados, por qué iban a tomar precauciones. Entonces apareció Franco en Las Palmas, durmió en el Hotel Madrid, tomó el ‘Dragon Rapide’ y llegó la desgracia. Agustín, el hijo mayor, pasó por un campo de prisioneros. Salió vivo de milagro. Su hermano Sixt, enfermó, enloqueció y murió. Un cura mezquino y empecinado denunció a Juan Millares Carló, que perdió el trabajo y se llevó a la familia a Lanzarote para esquivar el hambre. No hubo manera. En ‘El faro y la noche’ hay una escena sobrecogedora: Lola, su mujer, trata de convencer a sus hijos de que están enfermos para retenerlos en la cama. En realidad, quería engañarlos, disimular que no tenía comida.

Y eso que en Canarias siempre se ha dicho que la represión fue relativamente leve, que el hambre no fue tan terrible como en la Península «porque había gofio» y porque la gente que sobraba se iba a Venezuela. “El levantamiento comenzó en Canarias y apenas hubo tiempo de reacción, pero la represión se produjo a sangre y fuego. De inmediato se impuso el terror de Estado. Los trabajadores, sindicalistas, alcaldes y demás republicanos asesinados y desaparecidos en los pozos y en simas como la de Jinámar fueron muy numerosos. La hambruna no creo que fuera menor, aunque los pudientes accedían al contrabando de los ‘cambulloneros’ [vendedores en el mercado negro] del puerto. La huida clandestina a Venezuela era muy peligrosa”.

Y pese a todo, la familia Millares sobrevive casi intacta y con un sentido de la dignidad. A pesar de la pobreza y de la vigilancia, padre e hijos lanzan nuevas revistas de poesía, se buscan la vida, consiguen dedicarse, uno tras otro, al arte. “Tensiones hubo, claro que sí. Fueron temperamentos fuertes que colaboraban juntos y tenían distintos puntos de vista. Manolo y Agustín estuvieron distanciados por una discusión sobre arte abstracto y realismo socialista. Después se reconciliaron, hay un amplio epistolario que testimonia una amistad muy estrecha. Todos los hermanos se formaron en una atmósfera artística pero cada uno fue eligiendo su territorio para no chocar con los demás: Eduardo firmó sus cuadros como Sall [su segundo apellido] para no colisionar con Manolo, que firmaba Millares. Luego eligió el seudónimo Cho-Juaá, en homenaje a su padre. José María pudo ser un gran pintor pero se centró en la poesía por lo mismo. Colaboraron siempre en esa escuela que fue su hogar. No hay historias turbulentas como las de los Panero. Bueno, hubo un episodio escabroso sobre la censura de la revista ‘Planas’ y el vínculo con una hija natural de Alfonso XIII, pero eso ya se cuenta en el libro”.

No estropearemos la intriga. Selena Millares ha apuntalado la historia de su familia con un “juego de espejos” por el que una nieta de Juan llamada Julia, transcribe las memorias del abuelo y, entre capítulo y capítulo, cuenta su vida como un reflejo de la tradición familiar. “Escribir una novela biográfica hubiera sido mucho más sencillo, también más convencional y pobre…”, añade.

Y termina: “Sí que hay aire de familia en la diversidad. La reivindicación humanista de las artes sin fronteras, y también el compromiso ético. Y el amor al terruño, es decir, el sentido de la identidad muy arraigado, pero lejos del pintoresquismo: en lo esencial. Ulises habló de Itaca y fue universal. De eso se trata”.